Cada semana nos regalamos una reflexión sobre algún valor, un acontecimiento, una fecha litúrgica, la vida salesiana o algo que nos resulte de interés. Esta semana…

“LA TERNURA. UNA EMOCIÓN PARA RECUPERAR” – Martín Berasain

“Se trata de un sentimiento escondido, recubierto con el velo del pudor o abiertamente censurado en la vida adulta. Pero basta escarbar un poco para encontrar las raíces que conectan la ternura con las vivencias más profundas de la vida humana. Sin ternura es imposible que el cachorro humano alcance su pleno desarrollo. Sin ternura y compasión, es imposible que la vida humana revele sus más nobles valores. Sin actitudes de cuidado por sí mismo y por los otros, la vida social es una tarea imposible.” (Luis Carlos Restrepo)

La ternura es una capacidad afectiva, una emoción, una inclinación del ánimo; y, definiéndola así, con su cuota de sensibilidad -la que evoca en cada uno-, no rescatamos su cualidad más esencial, ya que no se agota en los sentimientos ni en los contactos piel a piel. Ni se restringe a la suavidad sentida, ni a cierta idea de blandura con-táctil, ni al género femenino, ni a la caricia o a la dulzura. Es uno de los aspectos afectivos que más ha contribuido al progreso de nuestra especie, junto con la racionalidad y el buen obrar.

La ternura está presente en los actos de cuidado, de contacto cálido y de cariño. Está en el respeto, tanto en el que se da hacia fuera, al otro, como en el que se brinda hacia adentro, a uno mismo. De nada sirve ser cuidadoso, cálido y cariñoso con otros, si uno no se otorga el mismo respeto y amor a sí mismo.

Al ser la ternura constituyente de las personas -en la base del individuo, de la orientación de sus actos y de sus condiciones morales-, y al ser vinculante -facilitando la solidez de los lazos afectivos y sociales-, su presencia o su ausencia provocan consecuencias en los distintos escenarios y circunstancias.

En la ética que practicamos, puede existir la ternura, y de hecho existe, porque la honestidad, la amabilidad y otros valores parten y se entretejen en una consideración acerca del yo y del prójimo. El cuidado, el cariño, la calidez y el respeto se funden con la moral que actuamos y se aprenden desde la niñez, no solo desde lo enseñado racionalmente, sino también desde la vivencia ejemplar de los vínculos familiares con los adultos. Estas condiciones y experiencias inyectan las posibilidades de bondad hacia uno mismo y hacia el otro, o hacia los otros en general.

La ternura está en el respeto por el prójimo y en el autorrespeto, en el cariño, en la calidez, en el registro y la veneración del ser humano en cuanto tal, como ser único y singular. La ternura está en la celebración de la vida que hay en cada ser y en las distintas especies.

Se es tierno con el otro en el cultivo de la suavidad ante sus falencias, en el cariño y la veneración de su singularidad; más allá de su poder, dinero, fama y fuerza. Soy tierno conmigo mismo cuando me trato con alegría y me cuido, cuando me digo cosas buenas y aliento, con mensajes positivos y superadores, una autoestima seguro.

“Somos tiernos cuando abandonamos la arrogancia de una lógica universal y nos sentimos afectados por el contexto, por los otros, por la variedad de especies que nos rodean. Somos tiernos cuando nos abrimos al lenguaje de la sensibilidad, captando en nuestras vísceras el gozo o el dolor del otro. Somos tiernos cuando reconocemos nuestros límites y entendemos que la fuerza nace de compartir con los demás el alimento afectivo.” (Luis Carlos Restrepo)