Cada semana nos regalamos una reflexión sobre algún valor, un acontecimiento, una fecha litúrgica, la vida salesiana o algo que nos resulte de interés. Esta semana…

AUNQUE NO TUVIERA MÁS QUE UN PEDAZO DE PAN, LO PARTIRÍA A MEDIAS CONTIGO

David es un joven salesiano sirio que conocí hace unos años, mientras él estudiaba teología en Turín y se preparaba para su ordenación sacerdotal. Su ciudad, Aleppo, estaba siendo masacrada por la guerra y -como siempre- la población civil sufría las terribles consecuencias de la destrucción, el hambre y la muerte. Al terminar sus estudios, ya presbítero, decidió volver a su tierra para sostener y alentar a los más pobres en medio de un infierno.

En medio de tanto odio, los salesianos en Siria -con su presencia permanente- se han convertido en un espacio de paz y de reconciliación para musulmanes y cristianos. El oratorio salesiano continúa siendo una casa para los que han quedado huérfanos de afecto y futuro por causa de una enloquecida espiral de todos contra todos que solo ha traído desolación y ruina. Sin muchos medios, los hijos de Don Bosco han partido su pan con quienes nada tienen y han permanecido bajo las bombas ofreciendo la mano, abriendo puertas y tendiendo puentes.

Ante tantas situaciones que reclaman una solidaridad efectiva, nos inspira el propio Don Bosco. Corría el año 1852 cuando en Turín, una tarde de primavera una explosión atronadora rompía en dos la ciudad y sumía en el caos y la destrucción el barrio Dora, muy cerca de Valdocco. Estalló, causando enormes destrozos, el polvorín militar. Hubo 28 víctimas y numerosas pérdidas materiales.

Don Bosco se encontraba en los primeros años de su obra y estaba construyendo la Iglesia de San Francisco de Sales en el Oratorio porque la capillita Pinardi se había quedado pequeña. Aunque hubo algunos destrozos, techos caídos y ventanas rotas, no se tuvieron que lamentar grandes pérdidas. El armazón de la nueva iglesia, todavía por concluir, no sufrió daños importantes.

Don Bosco y sus muchachos corrieron enseguida para ayudar y socorrer a los heridos. Mamá Margarita quedó en casa con algunos chicos para arreglar el desastre.

Cerca del Oratorio, el hospital del Cottolengo había sido golpeado duramente. Mucha destrucción, pánico indescriptible y numerosos heridos. No dudaron ni un instante los chavales de Don Bosco en ir a echar una mano.

Por aquellos días, Don Bosco había realizado una lotería para recaudar fondos y poder financiar la construcción de San Francisco de Sales. Tenía 30.000 liras (todo un tesoro) preparadas para hacer frente a los gastos y poder concluir las obras. Ante tal desastre, no dudó en llevar al superior del Cottolengo la mitad del dinero que, como oro en paño, tenía guardado para el Oratorio.

Ir a medias para que otros tengan con qué cubrirse. Aunque salvando las distancias, ambos lugares -Turín y Aleppo- nos recuerdan aquella expresión que Don Bosco repitió tantas veces a sus muchachos más pobres:

– Te quiero tanto que, aunque no tuviera más que un pedazo de pan, lo partiría a medias contigo.

Ir a medias (que no mediocremente) con Don Bosco. Para compartir nuestra vida y nuestro pan con los que nos necesitan; para estar ahí, en el momento justo cuando todo se derrumba, para no dar rodeos ni mirar hacia otro lado cuando todo estalla; para ser un poco de bálsamo que ayude a cicatrizar heridas; para ser un pedazo de pan tierno y blanco que sacie el hambre de afecto de tantos; para ser signo de esperanza ante tanta desesperanza. Abrir puertas y tender puentes frente a los muros del odio y la exclusión. Esta es nuestra opción, inspirados por Don Bosco, en tiempos de incertidumbre, violencia y destrucción en los que “ir a medias” es un signo elocuente y profético para los que quedan siempre en el bando de los perdedores.

José Miguel Núñez Moreno

Boletín Salesiano España, junio 2017

Por imaweb